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Deseo

Cuando uno reconoce que “necesita” una determinada satisfacción que le proporciona una cosa o la presencia de una persona, es consciente de su dependencia. Cuantas más opciones tenga nuestra mente para satisfacer sus necesidades y lograr sus metas, más poder y libertad experimenta. Aprender a aplazar el deseo y aprender asimismo a satisfacerlo oportunamente, supone ser libre de la presión, a veces obsesiva, con que éste trata de someternos.

¿Cuál es la cara oscura del deseo?, ¿frustración?, ¿apego?, ¿ansiedad? El hecho de satisfacer un deseo que consideramos irresistible y ante el que nos declaramos sin posibilidad de control, degrada nuestra vocación de libertad. Un gramo cura, gramo y medio mata. La medida justa de capricho y de homenaje que le damos al cuerpo y a la mente, es todo un arte que, en cada momento, varía de cuantía. El deseo puede ser un motor vital que dinamiza nuestra existencia, pero también una manera de perder el momento presente mediante anticipaciones y ansiosas expectativas

El deseo abarca un gran abanico en el espectro de nuestra motivación interna. Desde la compulsión hedonista hacia sensaciones placenteras, hasta el propio deseo de liberarse del deseo y ser libre de las consecuencias que éste tiene en la consciencia. Cuando el deseo es transmutado en un nivel superior se convierte en voluntad, una capacidad que marca el rumbo y conduce la vida.

Si uno satisface deseo tras deseo y se olvida paulatinamente de la sobriedad del alma, sentirá lo mismo que experimenta el que bebe agua de mar, que por más que beba y beba, nunca saciará su sed. Existe otro camino que se entrena en el aplazamiento del impulso y en la disciplina de una renuncia sana. Se trata de cultivar espacios de silencio y una permanente mirada interna. Ambos convierten el deseo en voluntad, elevando la energía del estómago apretado hacia el pecho y la cabeza. Cuando una persona desea algo fervientemente y trabaja su correspondiente desapego, logra convertir dicha “necesidad” en una “opción”, con lo que su deseo deja de ser exigencia. Los deseos de este tipo, rara vez perjudican a otras personas.

“El reino de los cielos está en nuestro interior”. Aprender a “pasar”, supone vaciarse de la visión ilusoria y darse cuenta de que la llamada realidad objetiva, no es más que una proyección de la propia mente soñadora. Y si uno muere a la ilusión del mundo, ¿a qué nacemos?, ¿qué queda? Tal vez queda el silencio consciente del uno mismo. Tal vez queda el Observador de los fenómenos que llamamos existencia manifestada. El Veedor que se sabe Totalidad y que ya saltó tras integrar lo de dentro y lo de fuera.

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