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El simple hecho de ser conscientes.

Existe una gran diferencia entre ser responsable y ser culpable. Somos totalmente inocentes desde que nacemos hasta que morimos. Lo que sucede es que hemos realizado acciones que no han sido aprobadas por una parte de nosotros. Nuestros códigos éticos y principios precisan coherencia, pero, finalmente, nuestras acciones son la resultante de un complejo programa de condicionamientos y circunstancias. El dolor del auto-reproche y la consciencia que reconoce nuestra perversión son suficientemente transformadores de futuras conductas. Somos mucho más que nuestras múltiples partes en juego.

El único infierno que existe está aquí, en una mente bajo el efecto transformador de una consciencia que se da cuenta del error y la negligencia. Vivimos en una cierta contradicción y no siempre nuestras acciones tienen la aprobación de todas nuestras partes.

Hemos cometido muchos errores cuya parcialidad e incompetencia, tal vez no nos guste repetir. Pero mejor que otorguemos al error un cometido didáctico en vez de condenatorio. En realidad, hemos hecho en la vida, tan sólo, lo que en cada momento hemos sabido y podido. Lo que hemos sido capaces de hacer con el andamiaje mental de que disponíamos en aquel momento. El simple hecho de ser conscientes y de tratar de respetar a todos los seres, ya es un acto liberador. No existe error, en todo caso, tan sólo aprendizaje.

Lo que recibimos de los demás es, en gran medida, consecuencia de lo que emitimos. Sin embargo, cuando no aceptamos esta ley, tratamos de evadirnos culpabilizando a los otros de nuestras desgracias y diciendo: “cómo es de ruin”, “lo que me ha hecho”, “el mundo es injusto”.

En realidad, “la culpa” es un programa virus que intoxica a la persona que lo sufre, haciéndola sentir amenazada y merecedora de castigo. Es por ello que dicho programa de culpa es tratado como una “papa caliente” que ha que pasar rápidamente a otra mano porque arde y aprieta.

La educación integral de un ser humano consiste en posibilitar la transformación de los actos automáticos y reactivos en libres y voluntarios. Se trata de hacer devenir conscientes tanto los propios procesos mentales como las acciones que, anteriormente, eran inconscientes. Al poco tiempo de realizar dicho entrenamiento, las personas dejan de ser buenas o malas para ser consideradas, simplemente, personas con programas mentales más o menos aptos.

Conforme la educación avanza, logramos entender que tenemos una cierta responsabilidad en lo que nos acontece, tal vez, porque comenzamos a pensar que “si no nos gusta lo que recibimos, conviene prestar atención a lo que emitimos”. Una consideración que nos obliga a mantener atención sostenida hacia nuestras actitudes que, a su vez, parecen ser las causantes principales de una gran parte de lo que nos sucede.

Conforme evolucionamos, terminamos por aceptar nuestra sombra y darnos cuenta de que tenemos que vivir con nuestros errores, nuestras limitaciones y aspectos que nos perturban. Son momentos en los que se suprime el juicio condenatorio porque uno ya se ha vivido desde casi todas las posiciones, con lo cual, relativiza las posibles culpas y condenas que su mente proyecta.

Se trata de un paso evolutivo en el que ya no dedicamos atención a formas de aversión ni a juicios críticos al otro, sino que la energía se reorienta hacia las soluciones que la convivencia demanda.

Solamente llegamos a culpar a los demás cuando todavía nos seguimos culpando a nosotros mismos. Sin embargo, cuando uno se acepta y perdona, llegando a saber que somos inocentes y que no existe la culpa ni existe culpable alguno en el Universo, se disuelve la rabia y se cierran las heridas internas. Uno ha aprendido a comprenderse y, por extensión, a comprender todo programa mental que el ser humano ejerce. Un grado de lucidez que no nos impide denunciar ni rechazar de nuestra vida las conductas que nos molestan o incomodan. Ya no nos confundimos cuando apartamos de nuestro entorno a personas cuyas maneras calificamos de insoportables, tal vez porque sabemos que nadie es culpable de “llevarlas puestas”.

La tolerancia se ha convertido en una cuestión de convivencia entre programas mentales que no tienen por qué generar condenas a la identidad global de la persona. Un corazón que, paradójicamente, así piensa, se ha librado del rencor y de la emoción reactiva. Y cuando a su vez, los propios procesos mentales han sido ya observados, somos capaces de entender la diversidad de motivaciones que en cada mente aflora. Un momento en el que ya puede afirmarse que la educación ha sido consumada.

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