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La diferencia entre “reaccionar” o “accionar”

Conforme el ser humano desarrolla la consciencia y se percata de todos los procesos que su mente expresa durante el día, está en condiciones de evitar la “reacción” automática y ejercer la “acción” voluntaria y consciente.

La diferencia entre “reaccionar” o “accionar” está en que, mientras reaccionar depende de un agente exterior que provoca una respuesta emocional irrenunciable y ajena, el accionar, por el contrario, actúa desde la independencia y la consciencia, auto-generándose en coherencia con los valores de nuestra vida. Tal vez, la famosa frase de evangelio “Cuando se os ofendiere poned la otra mejilla”, tenga que ver con la capacidad de no responder de manera reactiva al supuesto agresor, es decir, ejercer la capacidad de aplazar y a la vez, mantener el control para optar por la acción más adecuada.

Si no elegimos cómo actuar, serán las circunstancias y la pasión las que elegirán por uno. Este principio señala que, conforme el ser humano incrementa su nivel de consciencia, desarrolla asimismo la capacidad de imaginar su vida y, en consecuencia, reinventarse a sí mismo y renovar la existencia. Si en este mismo momento, alguien nos pregunta qué es lo que queremos de la vida, tal vez nos sorprenderíamos de la cantidad de titubeos y generalizaciones que nuestra mente haría. Es muy posible que nos dé miedo concretar lo que queremos de la vida y, tal vez, la causa de esa resistencia esté en el hecho de vivir en “la caja” que nuestros hábitos mentales conforman.

La mente, al igual que un barco, necesita objetivos y metas para navegar. Si no nos decidimos a imaginar y crear ese guión para nuestra vida, serán las olas las que guiarán nuestra nave al hilo de vientos y tormentas. Para navegar la vida, convendrá que pongamos rumbo y dirección. A tal fin, imaginemos cómo sería un día completo de nuestra vida, una vez pasados cinco años. Imaginemos todo lo que seamos capaces de crear con nuestra mente ilimitada. No nos dejemos sabotear por nuestras creencias limitadoras y pongamos el listón bien alto. Escriba el guión de ese día... desde que se despierta, imagine todo lo que hace durante esas 24 horas de su vida futura.

Construya su sueño minuciosamente y con todos los detalles de que sea capaz, dónde vive, cómo es su casa, con quién vive, qué decide hacer al levantarse, qué piensa, de qué habla, con quién se encuentra, en qué trabaja, qué es lo que más le importa de la vida, qué cualidad ha desarrollado en mayor medida, qué información selecciona, cómo cuida su cuerpo, cómo se alimenta, qué amigos tiene, cómo cultiva su interior, qué tipo de lectura maneja, cómo es su trabajo y con quién trabaja, qué le importa, qué aficiones tiene, cuánto dinero gana, cuál es su mayor éxito, cómo se gratifica, a quién ama, cómo abraza y expresa sus sentimientos, cómo es su sexualidad, a quién beneficia, en qué es usted más útil, qué proyectos tiene, cuál es su concepción espiritual de la vida, cuál es su contribución a la sociedad, qué desarrollo ha alcanzado en su mente, qué grado de consciencia expresa, qué pasa en sus sueños mientras duerme...

Un proceso creador que, al igual que un guión biográfico, conviene realizar por escrito, liberándose de los sabotajes limitadores que la mente racional tienda a elaborar. Un programa por el que permitirse todas las utopías que inteligentemente se puedan conformar en la trama de ese futuro día. Si al finalizar, lo enseña usted a un amigo y éste le dice que está usted loco, eso significará que su ejercicio ha valido la pena. Pasado el tiempo, sentirá que un día, hace unos años, usted hizo Magia.

Has de decidir si quieres actuar o reaccionar.
Si no resuelves cómo jugarás en la vida, ella siempre lo hará contigo.

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